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Opinión

Juan Fernando Ramírez – Una generación que vuelve a escribir y leer

Una nueva generación de escritores guatemaltecos que busca construir una visión más amplia

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En el contexto de una nueva generación de escritores guatemaltecos que busca construir una visión más amplia, ecléctica y global de la literatura, alejada de las interpretaciones binarias sobre el arte y la cultura, Juan Fernando Ramírez emerge como una voz original dentro de la narrativa nacional. Su obra articula el realismo mágico latinoamericano, su herencia asiática y la tradición grecorromana de los clásicos occidentales. Lejos de competir, estas influencias convergen en una propuesta auténtica y profundamente personal, desde la cual el autor supera las etiquetas ideológicas y explora nuevas formas de imaginar, interpretar y comprender la realidad.

Foto: Josué Castellanos


Originario de la ciudad de Guatemala, Juan Fernando se define, ante todo, como “un animal que lee”, una expresión que resume su identidad y su estrecha relación con los libros. Ese vínculo comenzó durante la infancia, cuando prefería conservarlos en su habitación antes que sus juguetes y carritos. En la lectura encontró desde muy temprano un espacio propio que, con el paso de los años, despertó su vocación por la escritura y se convirtió en una parte esencial de su vida. Su historia representa también la de una generación que, en medio de una industria editorial limitada y de una sociedad que lee poco, vuelve a encontrar en los libros una forma de creación, libertad y rebeldía.

¿Cómo nació tu vocación por la escritura y qué experiencia te llevó a publicar tu primera novela?

Mi vocación por la escritura no surgió como una decisión repentina, sino como la consecuencia natural de muchos años dedicados a la lectura. Antes de considerarme escritor fui, sobre todo, un lector apasionado. Esa experiencia me permitió descubrir diferentes formas de narrar, construir personajes y convertir imágenes e ideas en palabras. Con el tiempo apareció la inquietud de saber si yo también sería capaz de desarrollar una historia extensa y sostenerla hasta convertirla en una novela.

Foto: Josué Castellanos


Mi primera obra (El Agente F), nació precisamente como un experimento personal. Comencé a escribirla durante la recuperación de una operación de amígdalas, cuando debía permanecer en casa y decidí aprovechar ese tiempo para crear. Aproximadamente cuatro o cinco meses después, el libro estaba terminado. Concluirlo me demostró que podía asumir la disciplina, la paciencia y el esfuerzo que exige una novela completa, y esa certeza abrió el camino para continuar escribiendo.

¿De qué trata “La Tempestad del General Nakamura” y cómo construiste una historia marcada por el linaje, las maldiciones familiares y la lucha contra el destino?

“La Tempestad del General Nakamura” es una novela de fantasía en la que convergen la tragedia, el amor, la magia y la traición. La historia sigue a Roberto Nakamura, un personaje obligado a enfrentarse a dos maldiciones que han perseguido a su familia durante generaciones que consiste en “sangre que derrama sangre” y “sangre que se mezcla con sangre”. La trama comienza con una situación extrema, cuando el personaje principal debe matar a su propia madre, un acontecimiento que define el tono trágico de la obra y marca el inicio de su lucha contra la herencia familiar.


Foto: Josué Castellanos


El conflicto central consiste en descubrir si el protagonista podrá romper esas maldiciones o si terminará repitiendo inevitablemente el destino de sus antepasados. Aunque la novela contiene numerosos elementos fantásticos y acontecimientos poco convencionales, cada detalle tiene una explicación y cumple una función dentro de la historia. Mi intención fue construir un universo complejo, pero coherente, en el que el linaje, la sangre y las decisiones individuales permitieran reflexionar sobre la posibilidad de escapar de aquello que parece determinado desde antes de nuestro nacimiento.

¿Cómo integraste las influencias asiáticas, la tragedia griega y la literatura latinoamericana sin perder coherencia narrativa?

Mi ascendencia china y mi fascinación por las culturas asiáticas fueron un punto de partida importante. La familia de mi mamá proviene de Cantón y esa herencia despertó desde muy joven mi interés por Asia. También estudié chino mandarín y actualmente poseo un conocimiento intermedio del idioma. Aunque Nakamura es un apellido japonés y la novela está ambientada en Guatemala, los personajes principales pertenecen a una familia japonesa cuya historia, árbol genealógico y vínculos de sangre resultan fundamentales para comprender la trama.

Foto: Josué Castellanos


A esa influencia oriental se suma la tradición clásica occidental, especialmente las tragedias de Sófocles como “Electra”, “Áyax” y “Edipo Rey”. La novela está dividida en tres actos e incorpora párodos y pasajes líricos inspirados en el coro griego. Estos elementos dialogan con referencias propias de la literatura latinoamericana y con una sensibilidad contemporánea. Puede parecer una combinación extraña, pero responde a una lógica interna: vivimos en una era global en la que un escritor puede reunir tradiciones distantes y permitir que conversen dentro de una misma obra sin quedar limitado a una identidad cultural o narrativa binaria.

¿Qué significa escribir y hacer arte en una sociedad como la guatemalteca, donde se lee poco y existen escasos espacios para las nuevas expresiones culturales?

Escribir en Guatemala representa un desafío porque existe un público lector reducido y una industria editorial todavía pequeña. Si las personas no leen, resulta difícil vender libros, encontrar editoriales y construir una comunidad alrededor de la literatura. Escribir una novela, además, exige sentarse durante varias horas todos los días, imaginar una historia desde cero, desarrollar personajes y revisar detenidamente que cada elemento conserve su coherencia. En términos económicos puede ser una actividad poco rentable, pero la motivación para escribir no puede depender únicamente del reconocimiento o del dinero.


Foto: Josué Castellanos


Hacer arte en este contexto se convierte también en un acto de rebeldía y libertad. En Guatemala muchas veces se valora más la apariencia de la cultura que la experiencia auténtica de leer, crear o comprender una obra. Mi intención no es únicamente que las personas compren el libro o me feliciten por haberlo publicado, sino que realmente lo lean, lo disfruten y conversen sobre él. Una novela adquiere sentido cuando alguien la abre y permite que sus palabras formen nuevas imágenes en su mente. Por eso, en una sociedad que lee poco, terminar un libro también puede ser una forma de vivir el arte, cuestionar las etiquetas y ejercer la libertad.

Foto: Josué Castellanos

Agradecimiento especial para Rojo cerezo y su equipo por la entrevista realizada en sus instalaciones en zona 4

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