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Opinión

SEGUNDA PARTE / Lectura diplomática: Dependencia sin estrategia

Buena parte de la estabilidad del país depende de factores externos sobre los que Guatemala tiene poca capacidad de influencia.

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SEGUNDA PARTE / Lectura diplomática: Dependencia sin estrategia
Foto: Centra News

Uno de sus activos más importantes es, precisamente, la estabilidad del Quetzal. Nuestra moneda no representa únicamente un símbolo nacional; constituye el resultado de una construcción institucional iniciada con la reforma monetaria de 1924-1925 y fortalecida posteriormente con la consolidación del Banco de Guatemala como autoridad monetaria. Durante casi un siglo, esa institucionalidad ha permitido preservar una de las monedas más estables de América Latina, generando confianza para la inversión y contribuyendo al equilibrio macroeconómico del país.

Esa estabilidad no debe convertirse en motivo de conformismo. Debe entenderse como la plataforma desde la cual Guatemala puede dar el siguiente salto en su desarrollo.

Nuestra posición geográfica constituye otra ventaja extraordinaria. Nos encontramos entre los principales mercados del continente, con acceso a dos océanos, tratados comerciales vigentes y la posibilidad de integrarnos cada vez más a las cadenas productivas de América del Norte y al creciente dinamismo económico del sur de México. Pocos países poseen una ubicación geoestratégica con semejante potencial.

A ello se suma una importante capacidad de generación de energía renovable que puede convertirse en un poderoso atractivo para industrias intensivas en consumo energético y para nuevas inversiones comprometidas con criterios de sostenibilidad ambiental.

Nuestra riqueza agrícola continúa siendo una ventaja competitiva excepcional. La fertilidad de nuestros suelos de origen volcánico y la experiencia acumulada durante generaciones permiten imaginar una agroindustria mucho más sofisticada, capaz de incorporar innovación, tecnología y procesos industriales que multipliquen el valor de nuestras exportaciones.

Igualmente extraordinario resulta nuestro patrimonio cultural. La civilización maya, no solo como legado arqueológico sino como cultura viva, constituye uno de los activos turísticos más importantes del continente. El turismo, justamente denominado la industria sin chimeneas, puede convertirse en uno de los grandes motores del desarrollo nacional mediante inversión, infraestructura, conectividad y promoción internacional.

Pero ninguna de estas fortalezas producirá, por sí sola, el salto económico que Guatemala necesita.

Ese salto exige seguridad jurídica, instituciones confiables y reglas claras para quienes deciden invertir. Exige combatir decididamente la corrupción, eliminar los llamados “peajes políticos” que incrementan artificialmente los costos de hacer negocios y fortalecer los mecanismos de prevención del lavado de dinero para proteger la credibilidad internacional de nuestra economía.

La competitividad también requiere una inversión pública sostenida en infraestructura productiva: carreteras, puertos, aeropuertos, ferrocarriles, conectividad digital y facilitación del comercio. Cada mejora en estos ámbitos incrementa la productividad nacional y fortalece la capacidad del país para integrarse exitosamente en las cadenas globales de valor.

Del mismo modo, resulta indispensable consolidar un clima de negocios caracterizado por decisiones económicas de largo plazo. Mejorar el ingreso de los trabajadores constituye un objetivo legítimo y necesario. Sin embargo, los incrementos salariales serán verdaderamente sostenibles cuando respondan al aumento de la productividad, la innovación, la capacitación y la inversión, más que a coyunturas políticas de corto plazo.

La Guatemala del siglo XXI tampoco puede permanecer al margen de la revolución tecnológica que está transformando la economía mundial. La estabilidad del Quetzal no debe entenderse como un obstáculo para la innovación financiera. Por el contrario, constituye una plataforma privilegiada para incorporarla con prudencia y visión estratégica.

La tecnología blockchain, las empresas fintech, la tokenización de activos, los activos digitales y las nuevas plataformas financieras están modificando profundamente la economía global. Guatemala puede preservar la fortaleza de su moneda y, al mismo tiempo, promover un ecosistema moderno que atraiga empresas tecnológicas, innovación financiera y nuevas inversiones, siempre bajo un marco regulatorio responsable, transparente y compatible con los estándares internacionales de prevención del lavado de dinero y protección de los usuarios.

La competencia internacional por atraer inversión ya no depende únicamente de incentivos fiscales o del costo de la mano de obra. Hoy los inversionistas evalúan la estabilidad institucional, la calidad de la infraestructura, la conectividad digital, la seguridad jurídica, la disponibilidad de talento humano y la capacidad de un país para incorporarse a la economía del conocimiento. Guatemala debe aspirar no solo a exportar productos agrícolas, sino también innovación, servicios digitales, conocimiento, tecnología y soluciones empresariales de alto valor agregado.

Es precisamente en ese contexto donde considero que Guatemala necesita construir una Estrategia Nacional de Evolución Económica. Entiendo por ella un conjunto de políticas públicas, decisiones institucionales y acuerdos nacionales orientados a transformar progresivamente la estructura productiva del país, fortalecer su competitividad internacional, reducir vulnerabilidades externas, atraer inversión nacional y extranjera, generar empleo formal de calidad, incorporar innovación y tecnología, aumentar el valor agregado de nuestras exportaciones y aprovechar plenamente las ventajas geográficas, energéticas, culturales y humanas que Guatemala posee. Su propósito no consiste en sustituir nuestro modelo económico, sino en hacerlo evolucionar para responder a los desafíos del siglo XXI.

Reducir la dependencia estructural de las remesas no significa disminuir su importancia. Significa construir nuevas fuentes de crecimiento que permitan equilibrar nuestra economía y ampliar las oportunidades para las futuras generaciones. Cada nueva inversión industrial, cada empresa que decide establecer operaciones en Guatemala, cada empleo formal que se crea y cada proyecto productivo que incorpora innovación representan un paso concreto hacia una economía más resiliente, más competitiva y menos vulnerable a factores externos.

En ese contexto, el proceso electoral de 2027 representa una oportunidad histórica para elevar la calidad del debate nacional. Más allá de las legítimas diferencias ideológicas entre quienes aspiren a conducir el país, los ciudadanos tenemos el derecho —y también la responsabilidad— de exigir que la discusión trascienda las promesas de corto plazo y se concentre en las grandes decisiones estratégicas que definirán el futuro económico de Guatemala. Es momento de conocer cuál es la visión de cada propuesta política para fortalecer la competitividad, atraer inversión nacional y extranjera, generar empleo formal, impulsar la industrialización, incorporar mayor valor agregado a nuestras exportaciones, desarrollar plenamente el turismo, aprovechar nuestra posición geoestratégica, consolidar la seguridad jurídica, combatir eficazmente la corrupción y las economías ilícitas, modernizar la infraestructura productiva e incorporar la innovación tecnológica y la economía digital como motores del crecimiento. Ese debate no pertenece a un partido político ni a un período presidencial; pertenece al futuro de Guatemala y al bienestar de las próximas generaciones.

Las remesas constituyen una de las mayores fortalezas económicas de Guatemala y merecen el reconocimiento permanente de toda la Nación hacia quienes, con su trabajo y sacrificio, sostienen a millones de familias desde el exterior. Pero la verdadera responsabilidad del Estado consiste en aprovechar esa fortaleza para construir una economía más diversificada, más innovadora y más competitiva.

Las remesas nos han brindado estabilidad. El Quetzal nos ha brindado confianza. Ahora corresponde que Guatemala construya el tercer gran pilar de su desarrollo: una Estrategia Nacional de Evolución Económica que transforme esa estabilidad en competitividad, esa confianza en inversión, esa ubicación geográfica en una plataforma logística regional, esa riqueza natural en mayor valor agregado, esa herencia cultural en un motor turístico de clase mundial y ese talento humano en innovación, conocimiento y prosperidad compartida.

Ese no es únicamente el desafío del próximo gobierno. Es el desafío de la Nación.

Abogado y Notario de profesión, colegiado activo No. 5,220 con 28 años de ejercicio profesional, diplomático de carrera en el servicio exterior de la República de Guatemala con 23 años de servicio con el rango de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en situación de disponibilidad actualmente.

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