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Opinión

Cuando el fútbol hace lo que la política dejó de hacer

El problema no es que el fútbol distraiga a la sociedad. El problema es que la política guatemalteca ha perdido la capacidad de construir identidad..

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Cuando el fútbol hace lo que la política dejó de hacer
Foto: Centra News
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Cada vez que llega un Mundial reaparece el mismo reproche. Se afirma que la población presta más atención al fútbol que a la política, como si seguir un partido fuera una muestra de frivolidad o una forma de escapar de los problemas nacionales. Sin embargo, esa crítica suele partir de un diagnóstico equivocado. La pregunta no debería ser por qué millones de personas se emocionan con el fútbol, sino por qué la política ha dejado de despertar el mismo sentido de pertenencia. El problema no es que el fútbol distraiga a la sociedad. El problema es que la política guatemalteca ha perdido la capacidad de construir identidad, propósito y esperanza compartida.

Toda comunidad política necesita un elemento fundamental, la identificación. Una sociedad se moviliza cuando reconoce liderazgos legítimos, objetivos comunes y una visión de futuro que vale la pena construir colectivamente. En términos operativos, la legitimidad puede entenderse como el reconocimiento social de que una autoridad, un liderazgo o una institución merece ser obedecida y respaldada porque su origen, su conducta y sus resultados son considerados justos, competentes y congruentes con los valores de la comunidad. Esa legitimidad no se decreta, se conquista mediante mérito, coherencia y resultados. Mientras la política convencional se reduzca a ser únicamente un vehículo para acceder al poder y no un instrumento para fortalecer las instituciones y transformar la realidad, difícilmente podrá generar ese vínculo emocional indispensable entre ciudadanos y liderazgo.

El fútbol, en cambio, continúa ofreciendo precisamente aquello que la política ha abandonado. Por ejemplo, Lionel Messi no representa únicamente talento deportivo. Representa esfuerzo, disciplina, resiliencia, liderazgo y excelencia. Su trayectoria permite que millones de personas se identifiquen con un conjunto de valores y con un proyecto colectivo representado por un equipo y una nación. El aficionado siente que pertenece a algo más grande que él mismo, comparte victorias y derrotas, reconoce reglas claras y acepta que el liderazgo debe ganarse dentro de la cancha. Existe mérito, existe competencia y existe una narrativa común que une a personas muy distintas alrededor de un mismo objetivo.

La política guatemalteca, por el contrario, atraviesa una profunda crisis de gobernanza derivada de un peculiar sincretismo político en el que conviven distintas fuentes de legitimidad que con frecuencia compiten entre sí. La legitimidad electoral, la judicial, la burocrática, la mediática y la derivada de la movilización social suelen entrar en conflicto, debilitando la capacidad del Estado para construir consensos duraderos. En ese contexto, la formalidad institucional resulta insuficiente para generar confianza ciudadana, porque las reglas dejan de percibirse como el mecanismo definitivo para resolver los conflictos políticos y sociales. La consecuencia es una ciudadanía que observa instituciones incapaces de representar una visión nacional coherente.

Es precisamente en ese vacío donde prospera el populismo. En términos operativos, puede definirse como una estrategia política que divide a la sociedad entre un supuesto pueblo auténtico y unas élites corruptas, concentrando la representación política en un líder que afirma encarnar directamente la voluntad popular por encima de las instituciones. El populismo no crea identidad, la sustituye. No fortalece la legitimidad institucional, la reemplaza por la adhesión emocional hacia una figura carismática. Allí donde desaparecen los liderazgos meritocráticos, las agendas programáticas consistentes y los proyectos nacionales de largo plazo, aparecen discursos simples que ofrecen pertenencia inmediata y respuestas fáciles para problemas complejos. El populismo llena el vacío que deja una política incapaz de inspirar.

Por ello, el desafío no consiste en pedirle a la población que vea menos fútbol y más debates políticos. El verdadero reto es construir una política que recupere las virtudes que hoy el deporte expresa con mayor eficacia. Identidad, mérito, liderazgo, disciplina, trabajo en equipo y objetivos compartidos. Cuando los ciudadanos encuentren en la política líderes que inspiren con el ejemplo, instituciones que premien la excelencia y proyectos nacionales que trasciendan los intereses electorales de corto plazo, la identificación volverá a surgir de manera natural. La atención de la ciudadanía nunca ha sido un recurso escaso. Lo verdaderamente escaso ha sido una oferta política capaz de merecerla.

Mientras el fútbol continúe ofreciendo héroes construidos sobre el esfuerzo, reglas respetadas, competencia transparente y un horizonte común de victoria, seguirá ocupando un espacio simbólico que la política decidió abandonar hace mucho tiempo. No porque el deporte sea más importante que los asuntos públicos, sino porque comprendió algo que la política olvidó. Ninguna sociedad sigue únicamente a quien promete gobernar. Sigue, sobre todo, a quien logra representar aquello que las personas desean ser como comunidad.

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